Iba una mujer joven y hermosa, desnuda paseando por una playa desierta con un dragón. Él, iba dejando un sendero con su larga y poderosa cola y huellas estiradas con sus largas uñas; ella, sin embargo, dejaba a su paso sólo su perfume. Era ancha y larga la playa, tanto como un pequeño desierto acompañado de un mar que lo bordeaba a su paso y de vez en cuando besaba espumoso… El día languidecía mientras la noche, con la luna sobre un mar cada vez menos calmo, comenzaba a resurgir de entre las cenizas de un Sol que huía de la próxima oscuridad.
En ese instante, compartido por el Sol que se marchitaba y la Luna que se posaba en el cielo y por alguna estrella que empezaba a dejarse ver, fue cuando el mar, de resaca, le regaló amablemente un libro a los pies desnudos de aquella mujer que tenía dibujado sobre la piel las rosas de un rosal que se enraizaba en cada una de sus lisas y fuertes piernas. Se sentó sobre la arena, frente al presente del mar en aquella tarde-noche de primavera, mientras el dragón desplegó sus enormes alas y salió volando…
Comenzó a leer el libro, empezando por una portada en la que podía verse una espada de madera y sobre ella se leía, de izquierda a derecha, “el arte” y, de arriba a abajo, “la belleza”. La espada de color rojizo estaba clavada en el horizonte de un mar bravío y su empuñadura parecía residir en la mano de una estrella. Y en el pequeño y misterioso libro había escrito lo siguiente:
“Y sabes bien que bajé una vez a este desierto donde encontré una flor solo para saborear su aroma… Y seguí su perfume por allí donde fue hasta que hoy ha llegado el día que debo partir, no sin antes rogarte que no te ahogues en las lágrimas por mi huida hacia los cielos. Y te preguntarás el porqué de mi marcha hacia aquél lugar vetado a los hombres e incluso a las bellezas como tú caídas un día del cielo… Y yo te responderé, con un libro traído a tus pies por una ola de un mar en el que me bañé, porqué no puedo hacerte arder con mis besos prefiero nadar bien lejos y perder de vista unas rosas que por poco marchito con mi aliento. Te quiere un dragón que supo del cielo, del mar y ahora sabe del fuego.”
Fue entonces cuando empezó a notar la fría soledad. Cerró el libro, se cerró en sí misma, sentada como estaba, con las piernas cruzadas, se abrazó con sus brazos, posó su mejilla sobre sus rodillas y a la primera de sus lágrimas… una ola, venida de muy lejos, la acarició los pies. Le recorrió todo el cuerpo un calor extremo, y sin pensarlo y de un salto se puso en pié y fue hacia un Sol que ya se despedía y en busca de un dragón que, con su fuego, calentaba unas olas que la atraían cada vez más hondo, cada vez más lejos del desierto solitario donde solo quedó el recuerdo de un paseo…
No es posible, pensaba mientras nadaba, no puedes irte así y tan lejos sin decirme un hasta pronto o hasta luego… Mientras más empeño ponía en su nado, cuanto más se esforzaba en volver a ver las escamas de su compañero, más se emborronaban las rosas de su cuerpo… Un rastro de tinta corrida a sus pies y las olas calientes que tal como la empujaban de nuevo al desierto más la atraían hasta un horizonte imposible de alcanzar… No podía ser, pensaba, y seguía nadando en busca de su fuego.
Nadó por horas y la luna ya era la única en el cielo, las estrellas tímidamente pintaban un mosaico de recuerdos ajenos y ella no cesaba en su empeño… De repente un gran aleteo bajo su desnudo cuerpo, y pescada por un anzuelo que venía de dentro del mar hacia fuera, hacia el cielo, subieron en un volcán de agua salada y fuego hacia un mundo en el que los dragones y las rosas no necesitan de espadas en el mar para escribir un libro en el que decirse: te quiero.
Feliz Sant Jordi a tod@s!
